Sábado 19 Septiembre 2020

Agosto de ‘no fiestas’

bola del Amadeus

Son las 2 de la mañana del día 15 de agosto, la madrugada que transcurre entre el día de la Virgen y el día de San Roque.

Camino con mi marido y con mi hija por la calle Mayor de Sástago, en dirección a mi casa. Venimos de cenar en la terraza de una amiga. Muy poquitos, muy separados, con mascarillas… todo como marca esta nueva normalidad tan anormal.

Nadie por la calle, bares cerrados y silencio, solo el sonido de nuestros pasos y la voz de mi hija, que, a sus 3 años, no es capaz de darse cuenta de que nunca esa calle estuvo tan vacía un 15 de agosto. Llegamos a la plaza de los Arcos, -lugar de verbenas, bailes, reencuentros y copas de cada verano-, y a mí se me nublan un poco los ojos. Aprieto el paso, como si el dejar atrás ese espacio cuanto antes fuera a aliviar un poco la angustia de un verano sin fiestas, de un verano sin celebrar, de un verano sin verano. “Mañana será otro día”, pienso antes de apagar la luz de la mesilla.

Y sí. Así es. El día de San Roque amanezco temprano y sin resaca. Tan temprano y tan bien que decido aprovechar para salir a correr mientras el calor dé una tregua. Bajo las escaleras deprisa en dirección al paseo del río y trato de concentrarme en la música que sale de mis auriculares. Media hora después regreso cansada. Subo las escaleras mucho más despacio de lo que las bajé, y no puedo evitar mirar la terraza de la antigua discoteca ‘Milady’. Mi juventud entera y mis veranos más añorados parecen haber discurrido en los pocos metros que separan esa terraza del descansillo de esa escalera en la ahora me dispongo a hacer unos estiramientos.

Algunos pensaréis que exagero; pero sé que la mayoría habréis tenido sensaciones parecidas en estos días sin chupinazo, sin música de orquesta y sin cenas y risas en las peñas. A vosotros, a los que formáis parte de la mayoría que me entiende, os voy a contar una cosa más: En esos años de juventud y preocupaciones más llevaderas que las de ahora, tenía un amigo que siempre repetía la misma frase el último día de fiestas: “Nos queda un año menos una semana para volver a ser felices”, decía cada año con tono serio. A mí siempre me pareció una exageración sin demasiado sentido, pero, este año, mientras subía las escaleras en pleno ataque de nostalgia festiva, no pude evitar que sus palabras resonaran en mi cabeza.

Y pensé que tenía razón. Porque ya queda menos para que podamos volver a celebrarlo todo. Porque ya queda menos para volver a ser felices.

Esther Aniento, periodista. Coordinadora de Zafarache.

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