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El peligro de criar niños que no aceptan un 'no'

Límites en adolescentes

Cuando los límites desaparecen, la violencia se normaliza. Lo que ha pasado en Santander duele. Un grupo de adolescentes golpeó brutalmente a un compañero con parálisis cerebral. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No es un caso aislado. Es el reflejo de una educación con fisuras, donde demasiados niños han crecido sin entender la diferencia entre lo que pueden hacer y lo que no deben hacer.

Los niños no necesitan amigos, necesitan padres. Necesitan que alguien les diga "esto sí" y "esto no", aunque protesten, aunque se enfaden. Poner límites no es ser autoritario, es dar seguridad. Es como colocar barandillas en un puente: no impiden avanzar, pero evitan caídas peligrosas. Sin ellas, la incertidumbre se convierte en ansiedad y, tarde o temprano, en caos.

Si nunca escuchan un "no", si siempre consiguen lo que quieren sin esfuerzo, ¿cómo van a reaccionar cuando la vida no les dé lo que esperan? La frustración forma parte del aprendizaje, y aprender a manejarla desde pequeños evita que se conviertan en adolescentes incapaces de gestionar un rechazo o una crítica. Hoy es una rabieta porque no les compran un juguete. Mañana, si nadie les ha enseñado a aceptar un "no", puede ser una reacción violenta ante un conflicto en el instituto, en una relación o en el trabajo.

A veces, los padres dudamos. Nos preguntamos si estamos siendo demasiado duros. Nos da miedo hacerles daño con nuestras decisiones. Pero el verdadero daño se hace cuando no hay normas, cuando los límites cambian según el día o cuando se cede ante cada capricho para evitar una discusión. Decir "no" también es amor.

Otro problema es que muchos adultos han delegado su autoridad en las pantallas. ¿Cuántas veces hemos visto a niños embobados frente al móvil, sin nadie que supervise qué están viendo? YouTube, TikTok o Twitch se convierten en sus referentes cuando los adultos no estamos presentes. Y lo que encuentran allí no siempre es lo mejor. Ídolos que ridiculizan, que exaltan la humillación como entretenimiento, que convierten la violencia en espectáculo. No es casualidad que figuras como Andrew Tate sean referentes para tantos adolescentes. Buscan líderes donde nosotros hemos dejado vacíos.

Y aquí volvemos a lo ocurrido en Santander. ¿Dónde estaban los adultos cuando comenzaron las burlas? ¿Quién permitió que los insultos se convirtieran en golpes? ¿Por qué nadie intervino? La violencia no solo es la agresión física, también es el silencio de quienes miran para otro lado. Es el docente que no ve, el padre o la madre que resta importancia, el compañero que graba en lugar de ayudar.

La solución no es solo castigar, sino enseñar. Expulsar a los agresores puede parecer una medida necesaria, pero ¿qué aprenden con eso? Necesitan sentir el impacto real de sus actos. Trabajos comunitarios, acompañar a personas con discapacidad, escuchar testimonios de víctimas. No solo para que se den cuenta del daño que han hecho, sino para que aprendan que el respeto no es opcional.

Al final, todo se reduce a una verdad incómoda: los niños que nunca escuchan "no" se convierten en adultos que no aceptan un "no". Y eso está en la raíz de muchas violencias, desde el bullying hasta la violencia de género o los entornos laborales tóxicos. Educar con límites no es reprimir, es preparar para la vida. Porque sin normas, el respeto se pierde. Y sin respeto, no hay convivencia posible.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

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