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Animales políticos

Política

Terminamos un mes de elecciones teniendo otra inesperada y veraniega cita con las urnas. Son tiempos de elegir. De decidir. Y también días en los que se suele escuchar mucho el argumento clásico de aquellos que no acuden nunca a votar: “Todos son iguales, a mí me da igual quién gane, todos hacen lo mismo y a mí no me afecta nada de lo que hacen o dejan de hacer. Estoy al margen de todo eso”. Pues bien, aun asumiendo que votar es un derecho y no una obligación, he de deciros que no puedo estar más en desacuerdo con ese argumento que repite machaconamente casi un 40% de la población con derecho a voto (ya que ese suele ser, más o menos, el porcentaje de abstención).

¿Por qué? Pues porque -como escribió Thomas Mann- ‘todo es política’, tanto lo que decimos como lo que hacemos. Y por eso no sirve escudarse en el manido y tópico discurso de que todos los políticos son iguales y roban. Todo es política, mal que nos pese. Ni los que se refugian en el “yo soy apolítico” pueden alejarse de la política. Porque es imposible permanecer ajeno a ella. Todo lo que nos afecta en nuestro día a día es resultado de decisiones políticas, desde lo que pagamos al comprar la barra de pan, a la entrada del cine, o lo que recibimos en un despido indebido. Incluso la regulación del precio del gas en los meses invernales. Y es un ejercicio de cinismo que no sirve para nada decir que estamos al margen para después protestar a diestro y siniestro desde la barra del bar.

Porque -nos guste o no- todo ser humano es político, lo quiera o no, lo sepa o no. Y porque la política no es -o no debería ser nunca- una profesión. Todos hacemos política diariamente, no solo cuando vamos a votar. Cada decisión en nuestra vida personal es acción política. Pero no lo sabemos. Incluso nos fastidia descubrirlo, porque nos parece un asunto sucio. Y esta alergia tan común a la política es, sin duda, culpa de los políticos profesionales, esa pequeña élite que la tiene secuestrada porque es su medio de vida.

Por eso, esa política profesional de unos pocos debería virar hacia una política participativa de todos. De la misma forma que tarde o temprano a todos nos toca ser presidentes de nuestra comunidad de vecinos. De esta manera, tomaríamos conciencia y perspectiva de la dificultad que tiene gestionar la sociedad (Porque lo cierto es que -parafraseando al Rajoy de hace unos años- “gobernar es muy difícil”. Mucho más de lo que nos puede parecer desde fuera).

Por eso, a lo largo de nuestra vida, todos deberíamos asumir esa cuota de gestión de poder en beneficio del bien común. Una concejalía en tu pueblo, por ejemplo. O la presidencia de una comisión de fiestas, de una asociación, o de algún tipo de colectivo que agrupe a personas de diferentes sensibilidades. Y todo de manera transitoria y sin apoltronamientos.

Porque es cierto que la palabra política está desprestigiada, pero eso es porque para algunos se ha convertido en un negocio o, al menos, en un medio de vida que aspira a ser vitalicio y que no tiene nada que ver con la vocación de servicio público, que debería ser lo más importante. Por eso, cuanto más cerca está la política de algo vocacional, puntual y transitorio, más positivo es su ejercicio. Y de eso -de política vocacional y de bien común- sabemos mucho en los pueblos.

Porque en los pueblos, la política es -o debería ser siempre- una política de rostro humano, en la que los miembros de los partidos (que se conocen de toda la vida) discuten entre ellos y se permiten llamarse el uno al otro en el fragor de la discusión ‘facha’, ‘bruto’ o ‘perroflauta’ para luego, solo un rato después, irse juntos a tomar una cerveza. Sin rencor. Sin dobleces. Y lo cierto es que cuanto más nos alejemos de eso, peor para nosotros.

Porque las grandes instituciones nacionales y regionales deberían aprender y entender que la sociedad está muy lejos de esa polarización que pretenden transmitirnos.

Porque -aunque la figura del ‘cuñao’ intolerante existe y todos la conocemos- la mayoría convivimos buscando el consenso con nuestro entorno, sin necesidad de preguntarle al vecino de enfrente si es de izquierdas o de derechas antes de decidir si nos cae bien o mal.

Y porque -aunque todo sea política y todos estemos en ella- no deberíamos caer en la trampa de pensar que la política es el arte del ‘blanco o el negro’, de ‘los míos o los otros’, sino más bien el arte de llegar a acuerdos por el interés común antes de poder irnos juntos a tomar unas cañas.

 

 

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