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Cuando el agua se convierte en memoria

Valencia

Existen tragedias que se convierten en referentes en la memoria colectiva durante décadas. Que ya nunca se podrán olvidar. Son paradigma de las grandes catástrofes a las que se recurrirá en las hemerotecas como elemento comparativo de episodios que puedan suceder en el futuro, y que abren debates perpetuos sobre previsiones, causas y maneras de afrontarlas; con el cambio climático como elemento añadido. Es el caso de la DANA que ha arrasado España, con Valencia como epicentro, provocando, de momento, más de 200 muertos e innumerables desaparecidos que aún se buscan entre el lodo.

Cuando la naturaleza muestra su fuerza con esta brutalidad y lo hace aquí, en casa, en el terreno que todos sentimos como propio, el impacto y la herida que provoca va más allá de los daños. Estos dramas se convierten en símbolos compartidos, en historias que se transmiten entre generaciones y que nos recuerdan lo vulnerables que somos.

En una comarca como la nuestra, en la que el río es parte de la vida cotidiana, sabemos bien que el agua, cuando pierde su curso, lo arrastra todo a su paso. En estos momentos, más allá de la pérdida material, lo que realmente cala hondo es el impacto en las personas, y no solo en las que han perdido a alguien querido en esta tragedia, sino también en las familias que, sin previo aviso, han visto cómo sus hogares y recuerdos quedaban atrapados en el lodo.

Sin embargo, y paradójicamente, es en estos momentos de tragedia cuando muchas veces logramos ver lo mejor del ser humano. A la vez que llega el agua, llegan también los bomberos, los voluntarios, las manos dispuestas a rescatar, a reconstruir, a consolar. Porque, cuando el desastre golpea, todos perdemos algo. Unos, los que pierden a un ser querido, algo irreparable; otros, su hogar y su sentido de seguridad; pero todos ganamos un poco en humanidad. Los dramas naturales nos igualan, nos devuelven esa capacidad de mirar a los ojos a nuestros vecinos y recordar que, aunque a menudo nos comportemos como desconocidos, realmente estamos todos en el mismo lado, intentando resistir la misma tormenta. Y, aunque cada desastre parece único, al final todos dejan un rastro común: la profunda huella en las personas que lo vivieron y el testimonio de una comunidad que, a pesar de todo, logra renacer.

Porque hoy, en medio de la desolación, cada pueblo golpeado por la DANA está lleno también de gestos de ayuda y consuelo que pronto quedarán en la memoria como una de esas historias de las que se hablará en las casas durante años. Por eso, es justo reconocer la labor de quienes, con uniforme o sin él, se juegan la vida por rescatar a otros o tratan, en la medida de sus posibilidades, de paliar el dolor ajeno. Esa es la auténtica victoria que surge tras el desastre: la de comprobar que, cuando los sistemas fallan y la tierra parece perdida, somos capaces de levantarla entre todos, de sostenernos unos a otros y de avanzar, aunque sea con pasos temblorosos.

Lo que nos queda ahora es reconstruir. Pero no solo edificios y caminos, sino también esa conciencia de que, en un mundo que tantas veces nos aleja, las tragedias nos devuelven el valor de lo simple: el abrazo, el apoyo, el estar. Porque si algo bueno sacamos de cada tragedia es esa certeza de que, mientras estemos aquí para ayudarnos unos a otros, la memoria de estas riadas no será solo el recuerdo de lo que perdimos, sino también de todo lo que fuimos capaces de salvar.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

 

 

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