Cuando un abrazo cura más que una pastilla
La salud mental es uno de esos temas que nos toca de cerca, aunque a veces pensemos que esas cosas solo les pasan a los demás. Como sociedad, hemos avanzado mucho en este asunto, eso es indudable. Como ejemplo, basta citar al diputado del Congreso que hace unos días le gritó a una diputada a modo de insulto “¡Tómate la pastilla!”. Su lamentable actitud salió en el sumario de los telediarios, se publicó en los periódicos y se hizo viral en redes sociales. Sin embargo, reprobar un comportamiento así hubiera sido algo impensable hace unos años, cuando vivíamos en un mundo en el que la salud mental era un tema tabú. Cuando decir que ibas o habías ido alguna vez al psicólogo -y ya no digo al psiquiatra- era algo de lo que había que avergonzarse y conllevaba que te pusieran la etiqueta de ‘loco’ o ‘loca’.
Hoy en día, la salud mental es por fin objeto de debate, algo muy bueno en sí mismo, porque ya se sabe que lo que no se cuenta es como si no existiera. Es un tema que atraviesa todas las edades, géneros y contextos. Sin embargo, en una sociedad tan individualista como la actual, ante casi cualquier problema de salud mental la medicación suele ser la primera opción. Pero, ¿y si lo que realmente necesitamos no está en un frasco, sino en la calidez de un abrazo, una tarde de risas o una conversación sincera?
El psiquiatra David López lo resume muy bien: “Quizá te vendría mejor un grupo de amigos que un antidepresivo”. Y tiene razón. No se trata de desestimar el papel crucial de los medicamentos en situaciones graves, sino de recordar que la soledad es a menudo un motor silencioso del sufrimiento emocional. Cuando el aislamiento se convierte en rutina, el mundo pierde su color. Por el contrario, el contacto humano, el sentirse escuchado y acompañado, puede ser ese rayo de luz que despeja la tormenta interna. Porque cuando alguien se sienta contigo, te mira a los ojos y te dice “cuéntame”, de repente todo pesa un poco menos.
Lo que pasa es que hoy en día vivimos deprisa, con agendas llenas y corazones vacíos. Nos cuesta parar, escuchar, estar. Dani Martín, el cantante, lo contaba en una entrevista: sus charlas con amigos son su refugio, ese lugar seguro donde no hace falta ser fuerte, solo ser. Porque muchas veces, no se trata de arreglar nada, solo de compartir el peso.
Y es que nos hemos olvidado de lo sencillo, de lo de siempre: estar ahí para los demás y dejar que los demás estén para nosotros. No se trata de pensar que el cariño sustituye a la terapia o a la medicación cuando son necesarios, pero sí de entender que un café con un amigo o una tarde de confidencias pueden hacer mucho más de lo que imaginamos. A veces, solo necesitamos un rato de conexión real para sentir que no estamos solos en esta travesía.
La salud mental no tiene atajos ni soluciones mágicas, pero tampoco se puede afrontar en soledad. Y ahí es donde las pequeñas cosas cobran un significado inmenso: una risa compartida, un mensaje inesperado, un “te echo de menos”.
Porque al final, la verdadera medicina puede estar en algo tan sencillo y a la vez tan complejo como mirar a alguien a los ojos y decirle: "Aquí estoy, contigo".
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

