El último baile de la Milady
El pasado 2 de agosto, la pista de la discoteca Milady de Sástago volvió a llenarse como en los viejos tiempos. Fue un reencuentro esperado durante años, casi una petición colectiva. Doscientas cincuenta personas, muchas de ellas de varias generaciones, bailaron allí sabiendo que quizá era la última vez. Y también deseando que no lo fuera.
Aquel local abrió sus puertas un 18 de julio de 1975, en Sástago, y pronto se convirtió en un referente del ocio en toda la Ribera Baja del Ebro. Durante décadas, su terraza, sus sofás y su tarima —que antes me parecía más alta— vieron crecer a varias generaciones de sastaguinos y ribereños. Se forjaron amistades, se vivieron historias de amor, se celebraron cumpleaños, despedidas y verbenas. Se compartió juventud.
La Milady cerró en 2014, sin despedida formal. Pero la idea de un “último baile” nunca se esfumó. Quienes habían cruzado sus puertas en los 80, 90 o principios de los 2000 seguían pidiendo, año tras año, una última noche para rememorar lo vivido. Y esa noche, por fin, llegó.
Ese 2 de agosto no fue solo una fiesta. Fue una celebración de lo que fuimos y de lo que aún somos cuando volvemos a nuestros pueblos cada verano. Fue un abrazo colectivo entre padres e hijos que alguna vez compartieron pista sin saberlo. Una reconciliación con el pasado bajo luces ochenteras que, sorprendentemente, siguen conservando su encanto original.
Entre los asistentes, alguien dijo: “No podemos dejar que esto se pierda”. Otro me miró y me lanzó una petición que hoy, con estas líneas, cumplo: “Tú deberías hacer algo para que así sea”.
Y aquí estoy, escribiendo con esa mezcla de gratitud y melancolía que dejan los lugares que nos han marcado. Porque no se trata solo de una discoteca. Se trata de un espacio común, un catalizador de encuentros, un lugar donde las peñas se mezclaban, donde se diluían las diferencias de edad y de cuadrilla. Donde, simplemente, éramos.
Hoy todo eso parece más difícil. El ocio se ha fragmentado, las relaciones se gestionan por pantalla y los lugares de encuentro escasean. Por eso urge recordar el valor de estos espacios compartidos, donde el vínculo no era virtual, sino real y palpable. Donde uno aprendía a convivir con los que “te habían tocado”, porque en los pueblos los amigos —como bien se dice— no siempre se eligen, sino que llegan por proximidad, por casualidad o por destino.
La Milady nos recordó que, en la Ribera Baja, el ocio también ha sido una forma de hacer comarca. Y que los pueblos, con su mezcla de tradición y espontaneidad, han sabido enseñarnos una lección que deberíamos exportar: la capacidad de convivir con quienes no se parecen a nosotros. Qué falta hace esto hoy en una sociedad tan polarizada.
Ojalá el baile del 2 de agosto no haya sido el último de la Milady. Pero si lo fue, que al menos sirva para encender una chispa. Para que no dejemos caer en el olvido los lugares que nos han hecho quienes somos. Para que no renunciemos a la esencia de nuestras fiestas: compartir, mezclar, bailar juntos. Aunque solo sea una vez más.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

