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Lo que permanece

Amigos

No hay muchas certezas en esta vida, pero hay una que, con el paso del tiempo, se vuelve más evidente: la amistad es uno de los pilares más firmes sobre los que podemos construirnos. Más allá de los logros, las rutinas, las responsabilidades o incluso del amor romántico, lo que permanece —como bien dice Maruja Torres— son los amigos. O, mejor dicho, la capacidad de ser amiga, de ser amigo.

Quizá por eso, cuando escuché a un neurocientífico hablar de la amistad como “el cemento de la vida”, esa frase se me quedó pegada. La amistad como ese pegamento invisible que sostiene los días, los ánimos, incluso la salud. Y no es una metáfora cualquiera. Porque en tiempos de salud mental frágil, de prisas constantes y de soledades que duelen, tener a alguien que te mire a los ojos y diga “cuéntame” puede valer más que cualquier receta. Lo dice un psiquiatra, lo dice una periodista octogenaria, lo dice también la vida

Cuidar la amistad debería ser una tarea más en nuestra agenda. Una de las importantes. Porque, aunque parezca mentira, se nos olvida. Nos dejamos arrastrar por los compromisos, el trabajo, los horarios, y dejamos para otro día ese café, esa llamada, esa tarde de sofá y confidencias que tanto necesitamos. Nos volvemos expertos en priorizar lo urgente sobre lo esencial. Hasta que un día nos damos cuenta de que lo urgente ya no está, pero tampoco está quien queríamos que siguiera a nuestro lado.

La amistad no es solo compañía. Es pertenencia, refugio, escucha. Es ese lugar donde no hay que fingir. Donde uno puede quitarse la coraza y mostrarse como es, sin miedo a ser juzgado. Y sin embargo, cuántas veces esa confianza no encuentra espacio entre los hombres. Porque nos han enseñado que sentir es de débiles, que hablar de lo que duele es cosa de otros. Cuántas amistades valiosas se pierden —o ni siquiera se permiten— por el peso de los prejuicios. Por pensar que entre un hombre y una mujer no puede haber más que deseo, o que entre hombres no cabe la ternura.

Por eso, del mismo modo que cada noche antes de acostarla le digo a mi hija que la quiero —porque quiero que nunca albergue la mínima duda de ello—, cada vez me fuerzo más a vencer la vergüenza y a decirle a mis amigos lo mismo. Porque decir te quiero no es algo de lo que haya que avergonzarse o que haya que justificar con alguna excusa después. Es, sencillamente, lo que debería sostenernos.

Y no. La amistad no tiene género. La amistad es un “todo va a ir bien” sin condiciones. Un “te echo de menos” sin doble sentido. Un mensaje cuando menos lo esperas. Un abrazo sin necesidad de justificarlo después con una broma.

Al final, lo importante no es cuántas personas tenemos alrededor, sino cuántas de verdad están. Cuántas nos conocen, nos aceptan, nos acompañan. La amistad, como el fósil de un fémur que logró sanar, es la prueba de que alguien estuvo ahí. De que fuimos cuidados. De que no estuvimos solos.

Y eso, en estos tiempos que corren, no es poco.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

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