La foto que no hicimos
Hago fotos. De paisajes, de luces bonitas, de risas que quiero guardar. Me gusta atrapar instantes con la cámara del móvil y, a veces, me descubro repasando el carrete como si allí estuviera escrita mi biografía. Encuadro recuerdos, congelo escenas. Pero también hay días en los que no hay ni una sola imagen. No porque me lo haya prohibido ni por seguir ninguna moda de desconexión digital. Sencillamente, porque estoy viviendo. Tan metida en lo que ocurre, tan a gusto, que no me acuerdo de sacar el teléfono del bolsillo. Tan ‘dentro del momento’ que me olvido de narrarlo.
Y luego llega el momento de revisar. De querer encontrar en una foto aquello que viví. Me sorprendo buscándola en el móvil como si pudiera estar ahí por arte de magia. Y no, no está. Entonces pienso: “¿Cómo puede ser que no haya hecho ni una foto?”. “Qué pena que no tengamos ninguna de esa tarde en la terraza…”. “Ni una imagen de aquella cena en la que no paramos de reír…”. Me pasa. A veces me lamento. Me gustaría tener esa escena inmortalizada, ver nuestras caras, compartirla con los que no estuvieron. Pero al pensarlo un poco más, me doy cuenta de que si no hice la foto fue precisamente porque estaba bien. Tan bien, que no pensé en inmortalizarlo. Porque no hacía falta. Porque ya lo estaba guardando, sin querer, en otro lugar más duradero.
Hay momentos así: los que no subimos, los que no narramos, los que no convertimos en stories de 15 segundos. Y sin embargo, son los que regresan con más nitidez cuando el día acaba. Los que aparecen cuando cerramos los ojos, cuando viajamos hacia adentro. Esos que no buscan likes, sino que se instalan silenciosos en la memoria. Los que se parecen más a la vida real que a cualquier publicación.
No es un rechazo a las fotos. Las valoro. Me encantan. Tienen su papel. Pero también creo que a veces vivimos como si todo tuviera que ser contado, registrado, compartido. Y lo cierto es que no. No todo necesita una imagen para existir. O, lo que es lo mismo, no hace falta documentarlo todo para que exista. Hay emociones que se desbordan de cualquier encuadre. Hay instantes que, si intentáramos capturar, perderían su magia. De hecho, cuanto más buscamos registrar, menos participamos. Y, en ocasiones, por capturar el momento, se nos escapa el vivirlo.
A menudo, los recuerdos más nítidos no tienen archivo. No hay una galería que los conserve. Hay solo una sensación: el calor de una conversación, una carcajada que aún flota en el aire, una mirada que lo dijo todo. Eso también es memoria. Una forma distinta de contar la vida desde ese lugar íntimo donde nadie más está mirando.
García Márquez lo expresó mejor que nadie: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Por eso, aunque a veces me sorprenda buscando una foto que no existe, me consuela saber que estuve ahí. Porque lo que no fotografío no se pierde. Se transforma en memoria pura, sin pose ni edición. No me perdí el momento intentando capturarlo. A mi manera, lo guardé. No en un dispositivo, sino en mí. Quizá no lo compartí, pero lo viví. Y al final, eso es lo que importa. Porque no todo lo vivido necesita una prueba para ser cierto. Porque hay momentos que, precisamente por no haberse convertido en imagen, se quedan grabados como lo que fueron: vida en estado puro.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

