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La nostalgia, esa amiga tóxica

Nostalgia

Por mucho que esté de moda Mr Wonderful y nos repitamos frases como que hay que vivir el momento y cosas así, lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no pasa de ser un simple ‘postureo’ que no ponemos en práctica. Porque, aunque digamos lo contrario, solemos creer que siempre habrá un mañana. Que siempre tendremos oportunidad de volver a hablar con los que queremos, que la vida es predecible y que todo seguirá su curso rutinario.

Pero a veces, cuando menos lo esperamos, la vida nos da una voltereta, una llamada de atención. Nos dice: “no te fíes, porque aquí mando yo”. Y, de repente, y aunque sea por poco tiempo, caemos en la cuenta de que lo urgente es vivir y disfrutar como si no hubiera un mañana, porque tal vez no lo haya. Porque ninguno estamos libres de esos accidentes que suceden todos los días o de esos diagnósticos médicos que nos igualan a todos.

Pero, como digo, nos dura poco, y, por dura que haya sido esa voltereta o contratiempo, pronto se nos vuelve a olvidar que cada momento puede ser el último.

Porque vivimos con prisa, pero sin ganas. Con el piloto automático puesto, inmersos en una rutina que no solemos disfrutar porque estamos centrados en esperar que las cosas sean de otra manera, o inmersos en una nostalgia que nos lleva irremediablemente a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Y es que somos expertos en añorarlo todo. Tenemos nostalgia de las cosas que nos hicieron felices y se acabaron, y también de las que pensamos que nos hubieran seguido haciendo felices aunque se acabaran precisamente porque no nos hacían felices. Añoramos de forma sesgada y condicionada, y nos hacemos trampas recordando solo lo feliz y apartando los infiernitos. Tenemos nostalgia de wasaps que ya no llegan y de palabras que ya no existen porque ya no están -o no están de la misma manera- las personas con las que se compartían. También tenemos nostalgia del antes de las canas, del antes de las arrugas, del antes de la cesárea, del parto, de la menopausia, del antes de las ojeras…

La nostalgia es un sentimiento tan raro que incluso, a veces, somos capaces de ubicar el segundo exacto que añoraremos después. A menudo, son esos mismos momentos que intentamos retener haciendo fotografías. Porque la nostalgia es tan rara que no está definida únicamente por la realidad. Para aparecer le valen los deseos, los sueños y todas las conjeturas mentales que nos hacemos sobre lo maravillosos que fueron otros tiempos pasados, aunque nunca solamos caer en que el presente -por el que ahora transitamos sin darnos cuenta- es la carne de la nostalgia del mañana.

Porque la nostalgia es, en el fondo, una amiga un poco tóxica, porque nos hace recordar las cosas buenas que nos han pasado, y eso está bien, pero impone su propia versión -siempre sesgada- de lo que fueron esos tiempos añorados.

Y no. Tener nostalgia en sí no es malo. Eso es que nos han pasado cosas buenas y las echamos de menos. Lo malo es vivir anclado en ella. Por eso, la única manera de mantener a raya a nuestra amiga tóxica es empezar a estar en el presente con presencia, exprimir cada momento antes de echarlo de menos.

Por eso, no dejemos nunca un ‘te quiero’ para mañana ni un abrazo para la siguiente. No nos vayamos jamás enfadados con alguien a la cama, ni perdamos el tiempo en enfrentamientos absurdos. Vivamos, sintamos, riamos y disfrutemos ahora. Porque la peor nostalgia de todas, la más tóxica y la más destructiva, es la de añorar las cosas que en realidad nunca sucedieron.

 

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

 

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