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El sitio en el que estuvimos

El lugar en el que estuvimos

Te acordarás de dónde estabas cuando llegó el covid. No importa que hayan pasado los años ni que la vida haya vuelto a llenarse de prisas, de bares abiertos, de abrazos dados sin pensarlo y de agendas demasiado llenas. Habrá un lugar concreto al que volverá tu memoria: una cocina, una oficina, una carretera, un sofá, una pantalla de televisión encendida con esa mezcla de incredulidad y miedo con la que empezamos a aprender palabras que hasta entonces no formaban parte de nuestra vida diaria.

También te acordarás de la tarde del apagón. De la luz que se fue de golpe y de esa quietud extraña que cayó sobre todo lo que dábamos por garantizado. De los teléfonos sin batería, de los datáfonos inútiles, de la radio buscada en un cajón como quien rescata una herramienta antigua, de las conversaciones en la calle, de la sensación un poco absurda de descubrir que el mundo moderno puede quedarse suspendido en un segundo.

La memoria funciona así. No avisa. No pide permiso. No nos pregunta qué queremos conservar ni qué preferiríamos borrar. Guarda con una precisión cruel el sitio exacto en el que recibimos una noticia que no podremos soltar nunca. La habitación, la hora, una voz al otro lado del teléfono, el olor de un pasillo, el azulejo de una pared, la luz que entraba por la ventana. Hay recuerdos que no son solo recuerdos, sino lugares a los que volvemos sin querer.

Y, por suerte, también te acordarás de lo bueno. Del primer viaje en pareja o con los de siempre. De la primera vez que sentiste que estabas exactamente donde querías estar. De una fiesta que volvió después de demasiado silencio. De una calle llena. De una mesa larga. De una conversación aparentemente sin importancia que, con los años, resulta que lo tenía todo.

Es curioso que la memoria archive con tanto esmero los lugares en los que estuvimos por puro azar y que, sin embargo, nos cueste tanto decidir el sitio en el que queremos estar cada día. Porque una cosa es el lugar físico en el que nos sorprenden las cosas y otra muy distinta es el lugar desde el que elegimos mirarlas. Dónde estabas cuando pasó aquello, nos preguntarán. Y podremos responder con facilidad: en casa, en el trabajo, en el coche, en la plaza, en el bar, en la cocina. Pero quizá la pregunta verdaderamente importante sea otra: de qué lado estabas.

En los pueblos, esa pregunta pesa de una manera especial. Aquí los lugares no son abstractos. Una puerta cerrada no es solo una puerta cerrada. Una persiana bajada no es solo una persiana bajada. Una silla vacía en el bar no es una imagen cualquiera. Todo tiene nombre, historia, familia, voz. Por eso la memoria colectiva no se guarda en grandes archivos, sino en esquinas, bancos, mostradores, caminos, cementerios, cocinas y conversaciones que empiezan casi siempre con un “¿te acuerdas?”.

Y sí, nos acordamos. Nos acordamos de quienes estuvieron cuando hacía falta estar. De quien llamó sin tener obligación. De quien acercó una compra, acompañó una espera, sostuvo un silencio o supo no preguntar más de la cuenta. Esas cosas no suelen salir en los grandes titulares, pero son las que hacen habitable la vida cuando la vida se pone difícil.

Quizá por eso conviene no esperar a que pase el tiempo para saber dónde estamos. No hace falta que llegue otra pandemia, otro apagón, otra mala noticia o una pérdida inesperada para colocarnos. El lugar se elige ahora, en lo pequeño, en lo de cada mañana, en la forma en que hablamos, cuidamos, escuchamos, respondemos o miramos hacia otro lado. Se elige en lo que nadie aplaudirá, pero nos define. En lo que no parece importante hasta que un día, de pronto, lo es todo.

Porque llegarán más días de esos. No hace falta vivir con miedo ni ponerse dramáticos, pero llegarán. Habrá llamadas que nos dejen sin aire, cambios que no veremos venir, despedidas para las que nunca se está preparado y momentos que, sin saberlo, quedarán convertidos en una fecha exacta dentro de nuestra memoria. Entonces recordaremos el sitio. La cocina, el coche, la oficina, la plaza, la cama, el camino de vuelta.

Ojalá, cuando llegue esa pregunta, podamos responder algo más que una dirección o una habitación. Ojalá podamos decir que estuvimos cerca. Que estuvimos del lado de quien necesitaba cuidado. Que no nos escondimos demasiado detrás del ruido, de la prisa o de la indiferencia. Que supimos estar, aunque fuera torpemente, aunque fuera tarde, aunque fuera solo con una llamada.

Porque la memoria, al final, no guarda únicamente los grandes días. También va construyendo, en silencio, el relato de quienes fuimos en los días que parecían no contar. Y quizá esa sea la verdadera historia: no la que un día alguien contará en los libros, sino la que dejamos en los demás cuando decidimos, cada mañana, en qué lugar queremos estar.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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