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La alegría de reconocernos

Imagen generada con Inteligencia Artificial.

No sé muy bien en qué momento dejamos de mirar el partido para empezar a mirarnos los unos a los otros. Quizá fue cuando Ferran Torres golpeó el balón. Quizá unos segundos después, cuando la pelota entró y comprendimos que aquello podía ser verdad. Que España estaba a punto de ganar otro Mundial.

Entonces ocurrió lo de siempre. Gritamos. Saltamos. Abrazamos a quien teníamos cerca. Escribimos mensajes absurdos en mayúsculas y mandamos audios que no se entendían. Durante unos minutos, millones de personas hicimos exactamente lo mismo y sentimos que aquella victoria también era un poco nuestra, aunque nuestra aportación hubiera consistido únicamente en sufrir delante de una pantalla.

Eso es lo difícil de explicar del fútbol. Que veintidós personas corran detrás de una pelota puede parecer una actividad bastante ridícula si se observa desde fuera. Pero esa pelota es capaz de recorrer un país entero en unos segundos. Entra en una portería en Nueva York y alguien salta en un bar de Sástago, se asoma a un balcón en Pina o toca el claxon mientras atraviesa Quinto.

España ha ganado su segundo Mundial después de vencer a Argentina por 1-0, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106 de la final. Otra vez la prórroga. Otra vez un gol que quedará unido para siempre al lugar en el que cada uno lo vio. Como el de Iniesta, pero dieciséis años después.

Y durante unas horas nos hemos reconocido juntos.

No es algo menor en un país que parece haberse acostumbrado a mirarse desde las trincheras. Vivimos rodeados de discusiones en las que nadie escucha, de identidades utilizadas como arma arrojadiza y de personas que necesitan saber primero qué votas para decidir si pueden estar de acuerdo contigo. Hasta la bandera resulta incómoda a veces, secuestrada por quienes creen que les pertenece más que a los demás.

Pero llega el fútbol y la pone en los balcones sin pedir el carné ideológico a nadie. La lleva quien vota a la derecha, quien vota a la izquierda y quien no soporta a ninguno. La agita el que sabe explicar un fuera de juego y el que pregunta cuánto falta cuando el reloj ya ha superado los noventa minutos. Porque, de repente, ser del mismo país no significa estar de acuerdo en todo. Significa querer que entre una pelota.

Claro que el fútbol tiene muchas cosas difíciles de defender. Se ha llenado de cifras que marean, entradas imposibles, horarios pensados para las televisiones y dirigentes más interesados en acercarse al poder que en acercar el deporte a la gente. En este Mundial, la ceremonia, la publicidad y el espectáculo han amenazado demasiadas veces con tragarse lo que ocurría sobre el césped. El envoltorio ocupa ya tanto espacio que casi no deja ver el regalo: los estadios se llenan de celebridades, patrocinadores e invitados mientras buena parte de quienes aman este deporte de verdad solo pueden verlo desde casa. Probablemente, muchos niños que hoy sueñan con ser Lamine Yamal no podrían pagar una entrada para verlo jugar.

Y, sin embargo, el fútbol sobrevive incluso a quienes intentan convertirlo únicamente en dinero. Sobrevive porque todavía permite que un padre abrace a su hijo, que dos desconocidos celebren juntos y que alguien llame a una persona con la que no habla desde hace meses solo para decirle: «¿Has visto eso?». Sobrevive también por historias como la de Ferran Torres.

Durante años fue objeto de burlas, desprecios y comentarios crueles. En ese tribunal permanente en el que se han convertido las redes sociales, cada fallo servía para ridiculizarlo y cada mal partido parecía confirmar que no merecía estar allí. Lo pasó mal. Tan mal que tuvo que pedir ayuda profesional. Pero siguió entrenando, siguió presentándose y siguió concediéndose oportunidades cuando muchos ya habían decidido que no debía tener ninguna más.

Y apareció en el minuto 106. El futbolista al que tantos señalaron marcó el gol que terminó dibujando una segunda estrella sobre la camiseta de España. Un centro de Pedro Porro, una prolongación de Nico Williams y un disparo que convirtió a Ferran en parte de nuestra memoria colectiva.

El fútbol tiene esa crueldad. Ayer podían insultarte miles de personas y hoy esas mismas personas corean tu nombre. No conviene olvidar esa facilidad con la que la sociedad desprecia al que pierde y abraza al que gana. Pero tampoco conviene desaprovechar la lección: los demás pueden equivocarse sobre nosotros. Incluso cuando son muchos. Incluso cuando gritan muy fuerte.

Ferran no necesitó convencer a quienes se reían de él. Solo necesitó no rendirse antes de que llegara su minuto 106. Quizá por eso su gol fue mucho más que un gol. Fue la recompensa de quien permaneció cuando marcharse habría sido comprensible. La demostración de que la peor etapa de una vida no tiene por qué ser la última. De que todavía puede quedar una oportunidad escondida en la prórroga.

Después llegó el pitido final y España salió a la calle. Durante esas horas no fuimos adversarios, votantes, territorios ni etiquetas. Fuimos gente feliz celebrando con otra gente feliz. Sin preguntar demasiado. Sin analizarlo todo. Sin sentir vergüenza por emocionarnos.

Mañana volveremos a discutir. Volverán las diferencias, las facturas, las preocupaciones y los titulares que se esfuerzan por separarnos. Pero ya tendremos un nuevo recuerdo común. Sabremos dónde estábamos cuando Ferran marcó. Recordaremos a quién abrazamos. Y durante toda la vida, cada vez que volvamos a ver ese gol, regresaremos por unos segundos al país que fuimos aquella noche.

Uno que gritaba a la vez. Uno que, por fin, se reconocía junto.

 Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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