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El hábito de hablarnos mal

Hábito hablarnos mal

No sé en qué momento empecé a hablarme mal. Supongo que fue poco a poco. Una frase aquí, otra allá. “Podías haberlo hecho mejor”. “Siempre te pasa lo mismo”. “Qué tonta soy, qué torpe”. Y así, casi sin darme cuenta, fui aprendiendo a tratarme con una dureza que jamás usaría con nadie a quien quiero.

Lo curioso es que ni siquiera lo vemos como algo extraño. Nos parece normal. Pensamos que es la forma correcta de motivarnos, de espabilar, de no acomodarnos. Como si la exigencia tuviera que ir necesariamente acompañada de reproche. Como si para avanzar hubiera que empujarse a base de desprecio.

Pero no nacemos tratándonos mal. Lo aprendemos. Y lo aprendemos tan bien que ese diálogo se convierte en automático. Una voz que murmura todo el día, que exagera los errores y minimiza los aciertos. Una voz que convierte un tropiezo en una prueba de que no valemos lo suficiente.

He descubierto —y sigo descubriendo— que pensar es una conversación. Y que esa conversación puede ser un refugio o un campo de batalla. Muchas veces, el campo de batalla lo montamos nosotros mismos. Nadie nos está señalando, nadie nos está juzgando con tanta dureza. Somos nosotros.

No se trata de autoindulgencia ni de negar los límites. No se trata de decir “todo vale” o de excusar cualquier fallo. Se trata de algo mucho más profundo y, al mismo tiempo, mucho más sencillo: compromiso sin crueldad. Exigencia sin desprecio. Responsabilidad sin humillación.

Se trata de entender que equivocarse no nos convierte en un error. Que fallar no es fracasar como personas. Que podemos aspirar alto sin convertirnos en nuestros propios verdugos.

Cuando un amigo nos cuenta que ha metido la pata, no lo machacamos. Lo escuchamos. Le ayudamos a ver lo que sí hizo bien. Le recordamos que esto no lo define. ¿Por qué no hacemos lo mismo con nosotros? ¿Por qué ese trato amable parece reservado para los demás?

Quizá porque creemos que si aflojamos la presión nos volveremos mediocres. Pero la experiencia me dice lo contrario. La crueldad desgasta. La culpa paraliza. El miedo encoge. En cambio, cuando me observo con un poco más de curiosidad y menos juicio, entiendo mejor lo que me pasa. Veo el error como una información, no como una condena.

Observarnos con curiosidad en lugar de con juicio permanente cambia muchas cosas. La curiosidad pregunta: ¿qué ha pasado aquí?, ¿qué puedo aprender?, ¿qué necesito ahora? El juicio sentencia: eres un desastre. Y con una sentencia no se aprende; solo se sobrevive.

Vivimos tiempos en los que hablamos mucho de salud mental, pero quizá el primer gesto de cuidado sea íntimo y silencioso. Detectar esa frase hiriente que estamos a punto de lanzarnos y reformularla. Cambiar el “no sirves” por un “esto no ha salido como querías”. Cambiar el “siempre igual” por un “¿qué puedes hacer distinto la próxima vez?”.

No es fácil. Yo sigo cayendo en el hábito. Muchas veces. Pero ahora, al menos, me doy cuenta. Y cuando logro suavizar el tono, cuando consigo hablarme como hablaría a alguien a quien quiero, noto algo casi físico: menos tensión, menos miedo, más claridad.

Quizá no podamos controlar todo lo que nos pasa. Pero sí podemos empezar a cuidar cómo nos lo contamos. Y tal vez ahí, en esa conversación invisible que mantenemos a diario con nosotros mismos, esté una de las formas más profundas de respeto.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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