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El orgullo que sostiene un país

Foto: RTVE

Hay tragedias que nos sacuden por lo que ocurrió y otras que nos remueven por lo que revelan. El accidente ferroviario de Adamuz pertenece a las dos categorías. Un choque brutal, 45 personas fallecidas, decenas de heridos y muchas preguntas que tardarán en responderse. Pero también una sucesión de gestos que hablan de quiénes somos cuando todo se rompe.

En medio del hierro retorcido, la oscuridad y el miedo, hubo vecinos que no esperaron a que nadie les dijera qué hacer. Salieron de casa con lo puesto, con una linterna, con un quad, con sus propias manos. Un chaval de 16 años dejó la caña de pescar y se metió entre los vagones porque escuchaba gritos. Un vendedor de cupones pasó seis horas trasladando heridos y rescatadores por un terreno imposible. Personas normales, sin uniforme ni focos, haciendo lo único que sabían hacer: ayudar.

No pensaron en medallas ni en titulares. Pensaron en sacar a alguien de allí. En tapar a quien tenía frío. En cargar una camilla que no avanzaba. En prestar unas zapatillas. En mirar al frente para que otro no tuviera que ver el horror a los lados. Eso fue Adamuz durante horas: gente cuidando de gente.

También hubo una historia pequeña y enorme a la vez. La de Boro, un perro perdido en mitad del caos. Decenas de voluntarios buscándolo sin descanso porque su dueña, herida y con lágrimas en los ojos, dijo ante una cámara que “era familia”. Y lo era. En medio de una tragedia descomunal, hubo espacio para no olvidar que el dolor no entiende de jerarquías, y que el vínculo, cuando es real, no se relativiza.

Estos días se ha hablado mucho de causas, de responsabilidades, de cifras. Es necesario. Pero antes de que el barro político lo cubra todo, conviene detenerse un segundo y mirar dónde estuvo lo mejor de nosotros. No en los despachos, ni en los argumentarios, ni en las ruedas de prensa. Estuvo en un campo oscuro, en unas vías perdidas, en vecinos que no preguntaron a quién votabas ni de dónde venías. Por eso, antes de caer en la tentación de convertir esta tragedia en munición partidista, merecemos hacer una pausa para reconocer lo que realmente importa.

Porque lo que nos define como sociedad no son nuestros bandos políticos ni nuestras trincheras ideológicas. Nos gusta discutir sobre banderas, símbolos y orgullos nacionales, pero quizá deberíamos fijarnos más en la capacidad que tenemos de reaccionar cuando alguien cae. En la empatía espontánea. En la solidaridad sin cámaras. En esa forma tan poco épica y tan poderosa de ser país. Esa debería ser nuestra bandera. Ese, nuestro verdadero orgullo nacional: la certeza de que cuando todo se derrumba y la vida pende de un hilo, somos capaces de dejar atrás el miedo y convertirnos en la mano que otro necesita para salir del abismo.

Porque lo ocurrido en Adamuz nos recuerda algo incómodo: pudo ser cualquiera. La diferencia entre estar dentro o fuera a veces es un minuto, un cambio de planes, una casualidad. No nos horroriza solo la muerte ajena; nos sacude descubrir lo cerca que seguimos estando de la nuestra.

Y precisamente por eso importa tanto cómo respondemos. Cuando todo falla, cuando la tecnología, los protocolos o las infraestructuras no bastan, queda lo humano. Queda la mano tendida. El cuerpo que se cansa pero no se va. El silencio que acompaña.

Ojalá no olvidemos esa imagen cuando el ruido político lo ocupe todo. Ojalá sepamos defender ese orgullo sencillo y frágil: el de ayudarnos antes de señalarnos. Porque eso, y no otra cosa, fue lo que sostuvo Adamuz aquella noche.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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