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Lo que no llegamos a hacer

Objetivos cumplidos

 

Empieza el año y con él, el ritual de los buenos propósitos. Listas mentales o escritas que se parecen mucho a las que, unos meses antes, algunos se marcaron en septiembre. Propósitos que se repiten: más ejercicio, menos pantallas, otro idioma, una agenda más ordenada. Más tiempo para uno mismo. Como si esta vez fuera la definitiva.

Pero la vida, tozuda, suele tener otros planes. Llega la rutina con sus horarios apretados, el reloj que nunca cuadra, las prisas de cada mañana, las tareas domésticas que no se delegan, las extraescolares de los niños, el trabajo —o la falta de él— y ese cansancio que se acumula sin darnos cuenta. Y entonces, una culpa silenciosa: por no hacer más, por no hacer mejor, por no llegar. Por no ser.

Lo que casi nunca se dice es que los propósitos también pueden doler. Pueden volverse contra uno mismo si se viven como una exigencia constante. A veces nos tratamos como si fuésemos empresas que deben optimizar su productividad, como si rendir más fuera sinónimo de vivir mejor. Pero no lo es. Lo natural no debería ser hacer más, sino hacer lo que nos hace bien.

Tener propósitos es saludable. Nos ayuda a imaginar quiénes queremos ser. Pero también es sensato reconocer los límites. A veces, la mayor muestra de madurez no está en tachar objetivos cumplidos, sino en saber decir “hasta aquí”, en decirse que no, incluso a uno mismo. Porque hay momentos en los que no podemos —y no pasa nada—. Porque no todo lo que no hacemos es un fracaso.

Seguramente el gimnasio siga en la lista. También aquel curso de francés, la montaña de libros por leer o las películas de las que todo el mundo habla como si tuvieran más horas en el día que el resto. Pero no es cierto: solo ha cambiado el calendario, no el ritmo vital. Seguiremos viendo a los amigos con la misma frecuencia —o la misma falta de ella— que antes. Seguiremos aplazando tareas que un día nos dijimos que haríamos. Y está bien. También somos lo que nos queda por hacer.

Llamémosle realismo, lucidez o simple rebeldía cotidiana. Pero conviene recordar que, a veces, los propósitos incumplidos no son una derrota, sino un recordatorio de que aún tenemos margen, vida, planes. Que nunca nos falten esas cosas pendientes. Porque solo cuando no quede nada por desear, estaremos de verdad perdidos.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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