Las cosas que merece la pena guardar
Últimamente pienso bastante en la memoria. No en la del móvil, que también, porque cada dos por tres me avisa de que está llena y me obliga a decidir si necesito conservar diecisiete fotografías prácticamente idénticas de mi hija. Hablo de la otra memoria. La que no se puede ampliar pagando 2,99 euros al mes. La que va guardando cosas sin preguntarnos y, lo que es bastante peor, va borrando otras sin pedir permiso.
Supongo que llega un momento en la vida en que una empieza a saber que no se va a acordar de todo. Y da un poco de vértigo. Porque hay días enteros que han desaparecido de mi cabeza y, sin embargo, recuerdo perfectamente una tarde cualquiera de hace treinta años. La cocina de mi madre. Una canción sonando. El olor de algo que se estaba haciendo al fuego. Una frase sin ninguna importancia. No sé qué hice anteayer, pero aquello sigue ahí.
La memoria tiene esas cosas.
Además, somos bastante malos eligiendo lo que queremos conservar. Hacemos fotos a los monumentos, a los cumpleaños, a los viajes y a las mesas llenas de comida. Grabamos los festivales del colegio hasta que nos duele el brazo y almacenamos miles de imágenes que probablemente no volveremos a mirar. Mientras tanto, dejamos pasar sin fotografiar casi todo lo que de verdad sostiene una vida.
La voz de nuestra madre diciendo nuestro nombre.
La manera de reírse de alguien a quien queremos.
El ruido característico de una llave entrando en la cerradura que durante años significó que mi padre acababa de llegar a casa.
Un café sin ninguna prisa. Una sobremesa. El olor de nuestros hijos cuando todavía eran pequeños y cabían enteros entre nuestros brazos. Una noche de verano en la puerta de casa. Ese instante después de recibir una buena noticia, cuando todavía no hemos tenido tiempo de acostumbrarnos a ser felices.
Es curioso. Pasamos media vida intentando que ocurran cosas importantes y, cuando miramos hacia atrás, muchas veces son las pequeñas las que se han quedado.
Quizá por eso, a medida que cumplo años, me interesa cada vez menos acumular acontecimientos y bastante más darme cuenta de ellos mientras están pasando. Porque ese es probablemente el verdadero problema: casi nunca sabemos cuándo estamos viviendo algo que un día echaremos terriblemente de menos.
Nadie avisa de la última vez.
La última vez que tu hijo te pide que lo cojas en brazos. La última Navidad con determinada persona sentada a la mesa. La última llamada que termina con un «mañana hablamos». La última tarde en una casa, antes de dejarla para siempre. La última vez que haces algo cotidiano con alguien sin imaginar siquiera que es la última.
Si lo supiéramos, seguramente prestaríamos más atención.
Pero tampoco se puede vivir así. No podemos despedirnos constantemente de las cosas por si acaso. Sería insoportable. La vida necesita cierta inconsciencia para funcionar. Necesitamos creer que habrá otro café, otra cena, otro verano y otra oportunidad para decir eso que hoy hemos dejado para mañana.
Y, casi siempre, la hay.
Hasta que alguna vez no.
Por eso quizá no se trate de vivir pensando en el final, sino de mirar un poco mejor mientras tanto. De levantar la cabeza. De escuchar. De guardar conscientemente algunas cosas antes de que el tiempo haga su trabajo.
Yo quiero guardar voces. Olores. Carcajadas. Abrazos. Quiero acordarme de cómo eran las personas que quiero cuando todavía estaban aquí, exactamente así, en esta etapa concreta de nuestras vidas. Quiero conservar incluso algunas tonterías: expresiones, manías, canciones, discusiones absurdas, chistes malos que hemos escuchado cien veces.
Porque sé que cambiarán. Cambiaremos todos.
Y porque empiezo a entender que la eternidad, si existe de alguna manera, debe de parecerse bastante a eso: a permanecer en la memoria de alguien en un gesto diminuto.
Quizá dentro de muchos años no recuerde qué escribí esta semana, ni por qué iba siempre con tanta prisa, ni la mitad de las cosas que hoy me parecen tan importantes.
Pero ojalá sí recuerde siempre el tono de voz de mi madre o la canción de fondo de las cosas que en su día no tuvieron importancia.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

